Muchas veces se suele decir que la Contemplación para alcanzar amor es el puente que une los Ejercicios con la vida, una conexión entre la Cuarta semana de Ejercicios y la vida ordinaria: la “Quinta semana”. Si relacionamos esta contemplación última con Pentecostés podríamos más bien decir que la Contemplación es una prolongación de la Cuarta semana en la vida de cada día, bajo la órbita del Espíritu. Las advertencias de Ignacio de que el amor se debe poner más en obras que en palabras [230] y que el amor consiste en comunicación de las dos partes [231], expresa en el fondo la esencia propia del Espíritu que es, sobre todo para la tradición occidental agustiniana, comunicación y amor entre el Padre y el Hijo, amor que se nos ha comunicado a nosotros precisamente por el Espíritu (Rm 5,5).
Cuando en el primer punto de la Contemplación para alcanzar amor se traen a la memoria los beneficios recibidos que son dones de un Dios que desea dárseme, en el fondo se está aludiendo a los dones del Espíritu creador y del Espíritu de Jesucristo nuestro Señor. Esto suscita en el ejercitante un deseo de ofrecer, en respuesta, toda su vida: libertad, memoria, entendimiento, voluntad, todo su haber y poseer. Lo único que se pide es «su amor y gracia», y este amor y gracia no es más que el Espíritu Santo. El célebre Tomad Señor y recibid acabaría, pues, pidiendo al Señor el don del Espíritu Santo [234]. Esto es lo que el ejercitante pide al Señor al acabar los Ejercicios, que el Espíritu le acompañe en su vida ordinaria de cada día, que pueda llevar a cabo la elección a la que ha sido llamado, que pueda en todo amar y servir [233]. Y esto le basta, es decir le basta el don del Espíritu, del mismo modo que Teresa de Jesús en sus versos «Nada te turbe, nada te espante », acababa afirmando que «sólo Dios basta».
En los otros tres puntos de la Contemplación podemos hallar temas claramente pneumatológicos, aunque estén implícitos.
- La habitación o inhabitación de Dios en las criaturas y especialmente en el hombre creado a imagen y semejanza de Dios [235] no es más que la misteriosa presencia del Espíritu que desde el comienzo de la creación aleteaba sobre las aguas y daba vida al caos inicial (Gn 1,2) y que habita en nosotros como en su templo (1Cor 3,16). El aliento de vida que sostiene toda la creación es el Espíritu Santo vivificador y dador de vida, del Credo.
- El Dios que trabaja y labora en todo lo creado [236] es también el Espíritu de vida que no sólo está presente sino que actúa dinámicamente. Los símbolos del Espíritu son símbolos dinámicos y vivos (agua, aire, fuego, unción, paloma, perfume…) porque el Espíritu no es tanto un “sustantivo” cuanto un “ verbo”, es decir acción, movimiento, fuerza vital… El himno medieval al Espíritu, Veni creator Spiritus lo invoca como fuente viva, fuego y unción espiritual.
- El cuarto punto [237] que según JMª Lera rezuma neoplatonismo dionisiano pues nos hace ver que todo bien y don desciende de arriba como del sol los rayos y de la fuente las aguas, puede muy bien interpretarse pneumatológicamente en el sentido de que el Espíritu es don de arriba, que brota últimamente del Padre y es el Espíritu quien con su luz y claridad nos hace ver las cosas diferentes. Para Ignacio, desde la ilustración del Cardoner, cuando todas las cosas le parecieron nuevas, el movimiento no es de las criaturas al Creador sino del Creador a las criaturas, por el Espíritu. El Espíritu es el que le da a Ignacio unos ojos nuevos [Aut 30]. Esto será lo que Ignacio llamará «encontrar a Dios en todas las cosas» y en formulación más técnica de Nadal, «ser contemplativos en la acción».
(Tomado del Blog AMDG)






